Sentido común

No es que esta única forma de estar viva, la locura, me haya dado por leer los discursos de Fidel. Solo los abro y uso, paradójicamente, (Comando (⌘) + F).

En el discurso del 1ro. de enero de 1959, repitió 19 veces la palabra poder.

«El poder no me interesa, ni pienso ocuparlo».

El 15 de febrero ya se le había olvidado que no le interesaba, y lo ocupa. Y dos años después decidió que no se volverían a celebrar elecciones tradicionales.

Estuvo en el poder 49 años de manera ininterrumpida.

Creo que todo el que salió volando de allí, rápido, o se viró con ficha, no fue por visión, ni por inteligencia, sencillamente, sentido común. Dicen que es el menos común de los sentidos.



La efervescencia no es solo una sensación física en la lengua, sino un impacto directo en cómo el cerebro procesa el placer.


Chacalismo y no chandalismo


Cambió el verde olivo de Panchita Isbert por el ala de la diosa griega, “Swoosh” de Nike. 

Cambió el rombo rojo y negro, la estrella y las ramas de olivo, que le bordaba “Dinorah” por el diamante doble de los hermanos británicos. El diamante rojo de Harold y el diamante negro de Wallace. Humprey Brothers, Umbro. ¿Bandera o resguardo? Elegguá, orisha que también cierra los caminos. 

Cambió la rigidez de las botas y de las “Stiffened Fatigue Cap” por deportivas yanquis. 

Dicen que tenía sus favoritas. Las de los hermanos Dassler de Baviera y cambió los galones por las tres rayas de la Adidas de Adolf y por el Puma de Rudolf. 

La historia de los hermanos Dassler es conocida. Se convirtieron en enemigos de por vida, cuando Rudolf se unió a los nazis y Adolf no. 

La historia de los hermanos Castros también es conocida. Sesenta y siete años en el poder y se convirtieron en los enemigos de toda una nación.



Mi padre


Lo primero que descubrí fue su infancia, en una caja llena de medallas del Colegio de Belén. Luego algunos poemas y muchos libros de matemáticas, los vinilos de Serrat, y sus cámaras fotográficas. Fueron un montón de fotos grises las que me contaron que le había dado la vuelta al mundo. En el Canal de Panamá, al barco le faltaba un pedazo de la proa. Muchos marineros que se hacían los duros fueron los primeros en abandonar, me contó. 

De joven tuvo en sus manos la visa Waiver, pero no quiso abandonar a sus padres, a sus abuelos... y se quedó.

Crecimos y un día, valga la redundancia, le reclamamos.

-¿Por qué no te vas tú primero y nos reclamas?

-Porque el capitán del barco es el último que “abandona”.  

Y fue de su boca a los oídos de Dios porque así sucedió. Mis padres fueron los últimos en llegar a Miami. 

Peleas y gritos entre hermanos y sus formas raras de regañarnos, “en las artes marciales el grito paraliza al enemigo”. Y nuestras bromas burlonas ¡Sí mi capitán! Con la mano derecha a la sien. Y de nuevo él, “si hay algo que no soporto del cubano es el choteo constante”. ¡Cómo te entiendo hoy, padre!

Pero en aquel momento yo quería un padre que se parara en la puerta de la calle y que me chiflara; y que yo lo escuchara donde quiera que estuviera, sabiendo que eso significaba que tenía que regresar a casa, pero tú no sabías hacer eso.

Y llegaron las despedidas de los ochentas, de las que siempre regresaba llorando, como un niño, o como un hombre que llora. La vez anterior fue de rabia. Lo habían botado de la marina mercante. Se negó a negar su fe. No era de confianza. Y sobró.

Volvió a comenzar, esta vez paleando cemento. Con Capital Mixto, renombraron a René Arcay, la fábrica de cemento de Mariel. Se hizo ingeniero eléctrico. Un día quise imitarlo, y al siguiente me entristeció decepcionarlo, pero él me entendió. 

Terminó computarizado el proceso de producción del cemento y eso le permitió traer cada día a casa, en una latica, la proteína de su almuerzo para mis dos hermanos menores.

Después vino aquel engendro de la beca. Las reuniones de padres. Mi madre no podía ir siempre porque mis hermanos menores eran muy pequeños.  Yo que ni a la recreación bajaba, ¡tenía que ser combativa! ¡Ay, qué rabia me daba! 

-¿Por qué cojones no me defendiste?

-“No hay nada más horrible que una mujer mal hablada”. 


Y mi duda cobarde. Creo que es mejor ser como todos.


-Navegar en dos aguas parece fácil, pero en realidad es más difícil y peligroso. 


1994, el Mariel. Voy a buscar un bote, o mejor dicho, el bote.


- En el mar no hay embarcación segura.

-Y en esta isla menos.


Tres años después me fui de Cuba a Perú y dejé de verlo cada día, para empezar a extrañarlo cada día.


Nunca quiso ceder a la presión de alterar datos de la producción para justificar desfalcos ajenos. Y el portal de los Portales también se caía a pedazos. Yo quería un padre que supiera robar, pero tú no sabías. Y más bromas. 


-A una de las torres le van a poner tu nombre, y a uno de los silos tu apellido. 


Y el puñetazo en la mesa, y un día el stroke en la fábrica. Y luego el retiro, "peritaje médico laboral" le decían y luego Miami, y hoy un home, que te apaga, lejos.


Varadero

Aquel verano se nos ocurrió irnos a Varadero, “de guerrilla”. Los primeros días nos quedaríamos en Santa Elvira, el cura Ivon Bastarache (misionero canadiense) podía recibirnos, después ya veríamos. Todavía en aquel momento se podía encontrar algo de comida, helados en el coppelia y almendras al pie de los árboles, que cascábamos con una piedra en la acera.

Las otras noches dormimos en el portal de una casona abandonada y en las tumbonas de los hoteles que habían olvidado recoger de la arena. Hasta que la policía nos encontró. Un último chapuzón en la postalita y teníamos que irnos. Pero justo, como una aparición, nos encontramos con los padres de un amigo, militares con altos rangos, sobre todo él.

Cuando llegamos a la villa donde estaban hospedados nos dejaron un segundo frente a la habitación para ir a recoger las llaves que habían olvidado en el carro y al momento aparecieron dos policías. Por suerte, ellos también subieron rápido, les enseñaron sus identificaciones y los policías se fueron.

De ahí nos llevaron a un restaurante, una especie de mesa sueca. Por más que queríamos en aquellos estómagos estragados apenas cabía comida. Luego nos fuimos a la habitación y no dejamos una cerveza en el frigobar. De tanto sol y salitre mi piel estaba achicharrada y mi cabello parecía sargazo. Aquella debe haber sido la ducha fría más rica que me di en toda mi vida. Qué lujos, champú, jabón y cremas. Dormimos como reyes y al otro día regresamos con ellos a La Habana. 

Volví a Varadero alguna que otra vez, en  excursiones organizadas por la Iglesia Católica de Guanajay. Después de varias inspecciones policiales por el camino, cuando finalmente llegábamos, nos indicaban en qué parte de la playa podíamos estar.

En estos días le decía a una amiga, ve a Madeira Beach que es tan hermosa como Varadero. Y realmente es más hermosa que Varadero, porque de allí nadie te va a botar.


Vista aérea de Varadero, 1955

Los apagones

Desde donde recuerdo mi infancia, ahí estaban los apagones. Alguna vez fue divertido, durante la eternidad, cuando con mi hermano y amigos del barrio corríamos y volábamos con aquella linterna que cambiaba de colores la luz y el apagón. Era una linterna antigua, metálica, de antes del triunfo de “la involución”.  

(A la primera persona que escuché nombrarla de este modo, en los años noventa, fue a mi querida Martha Carvajal, esposa de Luis Marré y madre de mi querido amigo, o hermano, Jorge Luis Marrero).

Hace unos días mi hermano Ignacio me regaló una linterna que me recordó aquel semáforo de nuestros primeros apagones.

Mi padre, en su anhelo de alumbrarnos siempre, se empeñó en arreglar el viejo Coleman, también de antes del fracaso. Creo recordar que todavía se podían encontrar las camisetas, esas bolsitas de tan especial textura. Me maravillaba ver cómo se deshacían al menor roce, convirtiéndose en polvo.

El farol carretero un día lo llevamos de “guerrilla” y entre la oscuridad o el hambre, la oscuridad. Lo cambiamos por comida a unos guajiros de aquel lugar. 

El quinqué, la luz brillante, encontrar las mechas, inventarlas. Un día mientras limpiabamos el cristal, se rompió. Pero ahí seguimos, resolviendo con la parte de abajo. 

Mi casa era de puntales infinitos, las manchas de tizne no llegaban al techo, se quedaban por las paredes. Y como era tan grande, necesitábamos dos o tres chismosas. Guardar cada mes el único tubo de pasta dental que tocaba por el núcleo familiar, o de lo que fuese aquella cosa que salía cuando apretabas el tubo. Me parece estar viéndolo, primero un líquido sucio, gris, con sabor a metal y después unos grumos blanquecinos. Pasta perla, si senor. 

Me cuenta un amigo desde Cuba, “las chismosas han evolucionado, ahora son de tubos de Voltaren”. Y que los más privilegiados tienen plantas eléctricas que compran en Revolico o que sus familias les mandan.

Mi familia también fue privilegiada, pero no tanto. Cuando llegué a Miami en el 2004, fui a uno de esos emporios del mal gusto a comprar “las recargables”. Tuve que regresar varias veces para poder empatarme con ellas porque volaban, tan pronto como las sacabas, se agotaban. 

Es que para nosotros los cubanos la demanda de la familia es sagrada.

En la ventana de mi cocina hay un quinqué miniatura, que compré en Lima, hace 25 años porque me recordó uno que tenía mi bisabuela Felipa. El quincito es verde, como la esperanza, que me resisto a perder.


                                                                                     El farol de mi casa

El taxista mexicano

El taxista que me lleva hasta Teotihuacán me cuenta que una vez, cuando Celia Cruz vino a cantar a México, la llevó en su taxi.


-Y para que usted me crea, mire. Desde entonces llevo conmigo esta estampita de la Patrona de Cuba que ella me regaló.




Yo descubrí a Celia Cruz en Lima

Me fui de Cuba en 1997. En una de las primeras correspondencias familiares, mi padre me enviaba un CD de Lecuona, “para mi hija, con amor”. Lamento no conservarlo. Desapareció en uno de esos naufragios que tocan vivir. Pero conservo el mensaje, y de consuelo las palabras sabias de mi madre, “la vida es ir dejando”. Si lo sabremos los cubanos.

Fue en Lima, a 3950 kilómetros de Cuba, que descubrí a Celia Cruz. Los peruanos la adoraban y la conocían, como no la conocía yo siendo cubana. Porque después de su salida hacia México en 1960 con la Sonora Matancera, a Celia se le impidió regresar, ni siquiera para enterrar a su madre. Celia regresó a Cuba en una sola ocasión, invitada por el Congreso de los Estados Unidos, para cantar en la Base Naval de Guantánamo en 1990. Uno de los momentos más emotivos de la visita de Celia a la Base Naval de Guantánamo fue documentado por el fotorreportero de El Nuevo Herald Carlos Manuel Guerrero, Guerrerito, a quien tuve la suerte de conocer veinte años después en Miami. Debe ser la foto más estremecedora que le hicieron a Celia. La estrella solitaria recoge un poco de tierra cubana del otro lado de la cerca.

Trece años después, la Reina Rumba se llevó un puñado de tierra en su féretro.

En julio de 2001, dos años antes de su muerte, se presentó en el Festival de Jazz de Montreux, en Suiza, acompañada por la orquesta del pianista peruano César Correa y el violinista cubano integrante de la Fania All Stars, Alfredo de la Fe. Los peruanos recuerdan con orgullo ese concierto. Además de todas sus presentaciones anteriores en la tierra andina, en esa ocasión Celia improvisó con los versos de Augusto Polo Campos, “Contigo Perú” con la misma devoción con que los peruanos bailaron y cantaron sus canciones siempre. Celia estuvo más cerca que nunca, quizás porque empezaba a despedirse de todos los que la habían querido bien.


Dos años después, el 16 de julio de 2003, el mundo entero lloraba la pérdida de Celia Cruz, mientras el diario oficial cubano Granma minimizaba la noticia en tres

líneas. Lo mismo que hizo el periódico Revolución, cuarenta años atrás, el 30 de noviembre de 1963, cuando murió Ernesto Lecuona.





El BipBip de Río de Janeiro

El BipBip en Copacabana es un lugar mágico. Cuentan que su dueño Alfredo Melo, inauguró este local allá por los años sesenta. Desde entonces cada noche el repertorio musical varía y músicos y público terminan descargando juntos. Cuando por momentos la gente se ponía demasiado alegre y conversadora Alfredinho montaba en cólera y disparaba una arenga sobre el respeto al artista. 

Quise pagar por una cerveza pero el chico a cargo me explicó que al final pagabas por lo que habías consumido a Alfredinho. Algunos pasaban diciéndole por cuantas iban y él anotaba en una libreta que parecía un jeroglífico. Realmente creo que no anotaba nada, porque Alfredinho sabe muy bien que nadie se va a ir sin pagar lo que debe. Del BipBip todos salen felices, el secreto es la música.

Alfredinho viste muy formal, en la solapa del traje gris de cuadros lleva un lazo rosado, por el cáncer de seno. Al final de la noche todos quieren saludarlo, escuchar su historia, despedirse, la foto con Alfredinho y allá voy yo también. Cuántos cubanos lo habrá saludado, pero igual se emociona y comienza a hablarme de la música cubana, de Compay Segundo. Y ahí viene la pregunta de nuevo.

-¿Vives en Río?

-No, vivo en Miami.


Se insultó, se insultó Alfredinho como si le hubiese recordado una vieja deuda pendiente. Me dejó con la palabra en la boca y se fue a conversar con otros. El muchacho que servía las cervezas se me acercó, todo cómplice, y me dijo bajito, para que Alfredinho no lo escuchara.


-Creo que debías haberte reservado esa parte, él se quedó en los sesenta.


Tengo esperanza. El mundo no se ha detenido con Alfredinho.






El muro azul

Paro un taxi y le pregunto si me puede llevar al museo de Frida Kahlo. El viaje es corto pero igual no faltan las presentaciones, sugerencias y curiosidades. A punto de llegar al sitio deja de hablar en español y me dice.

-Can I ask you something?

Y automáticamente vuelve a preguntarme cambiando al español.

-Si es usted cubana y vive en Miami, ¿por qué quiere ver a esta gente?


Felizmente, ya estábamos frente al muro azul. Abrí la puerta del taxi y puse pie en polvorosa, dejándole la más fácil de las respuestas. 

Es la tercera vez que no logro estar a la altura de las circunstancias. La respuesta me la sugiere más tarde un amigo.

¡Gusanos, solamente en el mezcal compañero!




Caminando por Montevideo

Había terminado de almorzar unos deliciosos chivitos con Anet, amiga cubana con quien me encontraba después de 10 años en Montevideo y caminábamos por la avenida 18 de julio cuando Anet me dijo.

-Mira a Pepe.

Se refería a él como si se tratara de un viejo conocido; y debe haber visto mi cara de ¿quién es Pepe? cuando me aclaró sin necesidad de preguntarle.

-Mujica, el presidente.


Efectivamente, el presidente de Uruguay estaba allí, en el restaurante La Pasiva, al aire libre, comiendo unos tallarines rojos. Sin pensarlo dos veces me acerqué, temiendo que alguien saldría a mi paso para impedirlo. No recuerdo que le dije por saludo y presentación, pero debo haberle mencionado que éramos cubanas porque al extenderme la mano comenzó inmediatamente a alabar a Cuba. Su emoción duró poco, duró justo hasta que le respondí su pregunta.


-¿Y tú dónde vives?

-En Miami. 


Si antes no pareció sorprendido y mucho menos molesto por la intromisión de un par de cubanas en medio de su almuerzo, inmediatamente comenzó a incomodarle nuestra presencia.


-Los cubanos de Miami son todos de ultra derecha. ¿Tú también?


Por respuesta le comenté, que viví en Cuba por 27 años y que nunca me encontré al presidente en la calle. Intenté explicarle que si viviera en Cuba las posibilidades de que estuviéramos conversando con él en ese momento serían nulas.

Mujica gastó algún chiste con David, el hijo pequeño de mi amiga. Nos despedimos, y reanudamos la caminata y conversación.


Debí haberle respondido con sus propias palabras, en nuestro país, "el gobierno debería representar el bien común, la justicia y la equidad" y precisamente, por no haberlo hecho nunca, el hijo de Anet y Roly nació en Uruguay y yo vivo en Miami.





Mariano Ruiz

Cuando nos presentaron a Mariano Ruiz, sacerdote jesuita, quedamos impresionados por el parecido que guardaba con mi abuelo paterno, ya fallecido. 

Mariano nació en 1914 en Palencia, España. Octavo de nueve hermanos, seis de ellos religiosos consagrados. En 1936, cuando los comunistas tomaron el Norte de España, asesinaron a su hermano mayor Gregorio Ruíz, sacerdote jesuita. Mariano fue ordenado sacerdote en 1943 y enviado a Cuba dos años después. En 1961 su hermano Ceferino Ruíz, sacerdote jesuita, fue expulsado de Cuba, en el vapor “Covadonga”.

Mariano llevaba siempre uno de esos aparatos porque estaba sordo de un oído. Prefirió comprarse una bicicleta para andar por el pueblo y cuando tenía que ir a La Habana otro sacerdote lo recogía, lo llevaba y traía de vuelta. 

Repartía el dinero que le enviaba su familia entre los más necesitados. Después de mucha insistencia logró el permiso de la policía para sacar una procesión por las calles. Fue la primera y la última. En un accidente se fracturó la cadera. Se recuperó y siguió trabajando, pero ya cuesta abajo.

El superior de los jesuitas en Cuba, el padre Machín, contó. “En 1961, cuando la revolución iba a ser más verde que las palmas, y Mariano vivía en la Iglesia La Maya, en Santiago de Cuba, el jefe del Ejército Rebelde del pueblo le propinó una golpiza, que lo dejó sordo”. 

Mariano siempre decía “soy español por circunstancia, pero cubano de corazón”. Murió a los 91 años en la casa de retiro de Santo Domingo.


Leovigildo

Cuando era una adolescente y todavía no había comenzado a carcomerme la idea de burlar “la maldita circunstancia del agua” bastaba con refugiarme entre las montañas. Allí descubrí la sabiduría del guajiro cubano. Aquel señor guardaba los secretos de la naturaleza en la palma de su mano. Su taciturno sentido del humor lo gastaba siempre contra “el maldito gobierno”, mezcla de resignación y rabia contenida. Después supe.


-El café de mis tierras, sólo puedo vendérselos a ellos.


Por eso durante la cosecha abrían un hueco en el patio, donde guardaban parte del grano, para consumo familiar y para trueques con los campesinos de la zona. Pero alguien lo chivateó.


Las pocas veces que bajó de las lomas fue para bautizar a sus hijos. En aquella ocasión lo hizo para escuchar su sentencia, diez años de cárcel. Leovigildo regresó más curtido y reacio, pero al reclinar cada tarde su taburete sobre el horcón del portal, nunca pudo olvidar.


Cuando el terror de sus recuerdos sobrepasó el de la muerte, entre el humo de un último puro puso fin a sus días.

Detalle, Guajiros, 1938 Eduardo Abela

Un celular

En vista de que el sucesor del trono decidió poner fin a cinco décadas de “igualitarismo en la vida nacional” perdí lo último que se pierde, la esperanza de que en mi casa pudiéramos tener un teléfono. La única forma de tener una línea telefónica en Cuba, solicitada formalmente por mis padres hace más de treinta años a la compañía de teléfonos, es “resolviéndola” por la izquierda. Esta gestión significaba enviar $1,250 dólares para que una vez, mágicamente convertidos en 1,000 CUC, consigan quien les “tiré una línea por la izquierda”.

Llegue a la quimérica conclusión, menos complicación para ellos y más económico para mí, les envío un móvil. Actualmente activar la línea de un móvil en Cuba vale 40 CUC. De ahí se le ingresan tarjetas telefónicas por valor mínimo de 10 CUC. Pueden recibir llamadas y mensajes sin costo alguno. La tarifa para la operación contraria es un dólar por minuto o mensaje. Por lo menos podrán usarlo para recibir llamadas y mensajes de texto cada día.

Todo listo para realizar mi primera llamada a la familia, que está como niño con juguete nuevo, descubriendo la telefonía móvil en pleno 2009. “El número que usted ha marcado se encuentra apagado o fuera del área de cobertura”.

El mismo anuncio una y mil veces después de marcar los diez números asignados al aparato.

Recordé y comparé: en agosto pasado viajé a Cusco. Los amigos en Lima me prestaron un móvil para comunicarme. ¡En medio de Machu Picchu hay señal telefónica! ¡Debe ser el poderío del imperio inca!

Ya estaba a punto de colapsar cuando recibí un correo de mi hermano informándome que “debo registrar el número en la oficina comercial de Miami.”

-¿Qué oficina comercial es esa?

Lo había comprado en uno de esos paraísos del mal gusto así que decidí llamar a mi compañía telefónica. Me atendió un representante muy amable.

-¿Cómo puedo ayudarla el día de hoy?

-Yo quisiera saber si tengo un plan que me permite hacer llamadas internacionales porque no puedo comunicarme con Cuba.

-Sí señora, su plan le permite llamar a cualquier parte del planeta, el problema es que Cuba...

¿Ya no está en el planeta?, pensé.

-Cuba ha bloqueado el acceso a todos los números nuevos de celulares que comienzan con 53. No hay cobertura y tampoco se pueden enviar mensajes de texto, hay que esperar.


El asunto me sonó a póngase usted a bailar con Willy Chirino.


El juguete nuevo ha quedado reducido a la contemplación absoluta; y la comunicación con la familia a anónimos timbrazos. “Milagrosamente” ellos sí pueden llamarme pagando desorbitadas tarifas insulares. Así que hemos decidido establecer un sistema de contraseñas, como los mismísimos Neandertales.


-Si te damos solo seis timbrazos es para que sepan que to-dos-es-ta-mos-bien, si es algo urgente insistiremos para que contestes. Y por favor mijita, avísanos antes de llamar para subir al campanario de la Iglesia a ver si este aparato coge señal allá arriba.









Yo vengo de la guerra


W estaba parado en la esquina de los portales, eran las fiestas populares del pueblo. W era un doble de Patrick Swayze, no pertenecía, observaba. Yo tenía 18 años, y él tenía 33, eso lo supe después. W era de la Seguridad del Estado, eso también lo supe después, cuando éramos novios y él “se moría por mí” y yo “me moría por otro”. No le creí el día que me lo dijo. Le creí al día siguiente, cuando me trajo como prueba mi foto. La misma que había entregado en la Estación de Policía, dos años atrás para hacer el Carnet de Identidad, la foto extra que siempre te pedían. No le creí tampoco cuando me dijo que el cura G, trabajaba para la Seguridad del Estado.

A W lo habían captado a su regreso de la Unión Soviética, cuando todos sus amigos se quedaron, y él no. “Eres de los nuestros”. W no se quedó en España porque en Cuba lo esperaba su padre, mayor y solo. 

W me regaló unos anillos de plata y de compromiso, que yo me quitaba cada mañana antes de coger la guagua que me llevaban para el preuniversitario Manolito Aguiar de Marianao. Mi hermano observaba el ritual, en silencio, entre preocupado y cómplice.

Con el tiempo, W pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, descuidando sus misiones de “seguroso”, hasta que un día vinieron a buscarlo. Aquellos tipos no llegaron solos, traían a su padre, viejito, nervioso. En uno de los bancos del parque, aquellos hombres tuvieron una larga conversación con W, mientras su padre lo esperaba en el portal de mi casa.

Cuando le dije que no quería seguir con él, W se convirtió en mi sombra. Mi padre me advertía molesto, te va a matar, con los hombres no se juega. Mi madre se encargó de devolverle los anillos y W siguió visitándola. El tiempo pasó, W despareció y yo me fui de Cuba.

La primera vez que regresé a Cuba fui a una misa en La Habana. La homilía del cura G, tan agresivamente contestataria, me hizo temer que de un momento a otro entrara la policía y cargara con él y con todos los fieles allí reunidos.

Imaginé a W observándome desde un banco de la iglesia.



Ilustración: Obra del artista plástico Jorge Luis Marrero, Tocata y fuga

Fiestas populares

Hace dos días una persona de mi pueblo puso una foto para anunciar las “fiestas populares” de Guanajay. Que Dios me perdone, pero lo que vi en esa foto fue un ganado encerrado en un corral de madera, y no precisamente apacentando. No pongo la foto con este post por respeto a todos los amigos que tienen que seguir viviendo allí, a pesar de las “fiestas populares” y de todas las necesidades y miserias, que ninguno de ellos debería estar pasando. Sé muy bien que muchos tienen que salir a en medio de las “fiestas” a resolver la única comida que encontrarán para cada día. También por respeto a los presos políticos. 

(Según Justicia 11J y Cubalex DDHH, hay 1771 presos por libertad de expresión en Cuba. Sabrá Dios cuántos de ellos están en la cárcel de ese mismo lugar en que celebran, no sé qué).


No debí haber leído los comentarios de aquel post, casi todas expresiones de disfrute y hasta nostalgia y añoranza por las “fiestas populares”. Y a pesar de que cada día me interesa menos entender el comportamiento colectivo, no pude dejar de preguntarme, ¿cómo será posible añorar semejante barbarie? Pero la persona que ponía la foto aclaraba a algún comentarista que cuestionaba la alegría de las fiestas, “no, no están tristes, la gente tiene mucho dinero”. Entonces entendí lo poco que había que entender.


Conversando después con mi madre, intentaba recordar la edad que yo tendría (deben haber sido seis o siete años), cuando vivimos las últimas “fiestas populares” más o menos decentes todavía, aunque ya miserables. Con Estampas populares en el teatro, con algún intento de fuegos artificiales, con comparsas y desfile de los “muñecones”, aquellos personajes de cabezas grandes hechas con papier-mâché, de personas con disfraces… Y con el regreso del guanajayense ausente, en el tren que alguna vez existió y alguna que otra tradición que aún sobrevivía de lo que un día realmente fueron las fiestas populares.


Todas las que yo recuerdo son más o menos así. Vivíamos frente al parque y en la misma esquina nos plantaban una gran tarima, de donde saldría la bulla durante 24 horas, sin parar. Como apenas podíamos dormir, ni de día ni de noche, algunas veces nos teníamos que ir a la casa de la abuela materna para poder descansar y mi padre se quedaba cuidando nuestra casa. Mi madre se cansaba de ir al Poder Popular, a reclamarles, a hablarles de “contaminación sonora". Imagino que cuando ella salía por la puerta del Poder Popular, todos se burlaban de ella.


Al día siguiente de cada “fiesta popular”, si era día de agua, tocaba baldear en el portal la piscina que allí dejaban, piscina de cerveza, orina y vómitos. Si no era día de agua, había que esperar al siguiente para poder limpiar. 

El portal de mi casa tenía unas columnas de cemento que de tanto patearlas terminaron destrozadas. Y así como nunca nos vendieron un saco de cemento para arreglarlo, tampoco nos permitieron cerrarlo porque era público. Mi hermano hizo unas columnas nuevas y las reemplazó. Antes de que pudiéramos arreglar por cuenta propia el portal, del techo comenzaron a desprenderse unas baldosas, que no se rompían al llegar al suelo desde semejante altura. Si una de esas baldosas le caía encima a alguien, con total seguridad lo mataba. Mi madre siempre iba al Poder Popular y les advertía del peligro, pero tampoco les importaba. Y ella con el credo en la boca toda la semana de las “fiestas populares”, salía mil veces para advertirle a la gente del peligro. 


Trastazos y aldabonazos en la puerta durante todo el día, para pedir agua, para guardar la bicicleta; y los borrachos o jodedores para divertirse. De aquello que vendían por comida, mejor ni hablar. Solo una anécdota, un día desde el parque tiraron una frita, que rebotó cual balín en el centro del patio de mi casa, sin romperse.


No creo que las fiestas populares hayan mejorado, a no ser por un par de detalles, debe haber mucha menos gente en ellas. Y porque todos los guanajayenses ausentes (léase guanajos) ya no regresan en tren, ahora regresan en avión o mandan todo el dinero que pueden. Yo también lo haría si mi familia todavía estuviese allí.


Comentaba la persona que puso la foto, “cómo olvidarlo si aquí tienes una vida entera y tus mayores tesoros”. Pues para suerte mía, y no pasa un solo día sin que le dé gracias a Dios por esto, ya he vivido más de la mitad de mi vida en otros lugares. Y mis mayores tesoros, mis hijas, nacieron bien lejos de esa barbarie.


Eres una inútil, te sobró un muelle


Las UMAP fueron como una escuela al campo, dice Mariela Castro.

Esta vez, la Castro tiene razón. Para mí tener que ir a la escuela al campo para poder graduarme de secundaria y al campo para poder graduarme de preuniversitario fue como la UMAP.

Mi padre, que sabía lo que esa beca significaba para mí, me decía siempre con mucha rabia, “preferiría mil veces haber tenido la opción de poder pagar por la enseñanza de ustedes, pero ni esa opción me dejaron”. 

El albergue de la escuela al campo era una nave inmensa con piso de cemento y tierra y techos de planchas prefabricadas. Dormíamos en literas de metal, en unas colchonetas churrosas, donde la sarna estaba a la orden del día. El día comenzaba con ‘el de pie’, el más amoroso era con una lata y un palo, pero había otros peores. El profesor acelerando su “bergobina" por el medio del albergue. El ‘vida interna’, palo en mano arrancándonos los mosquiteros de las pocas afortunadas que los teníamos.

Me tocó hacer décimo grado en una beca de guapos. Guapos con “botines de charol” y pantalones con filos, como el de las navajas que llevaban en sus bolsillos. ‘El macho’ tenía un ojo de vidrio y manchas verdes por toda la cara. Después supe que en un año anterior, durante un acto político en ‘la plataforma’ de la escuela, al macho le había explotado un simulacro de explosivo en la palma de la mano.

Teníamos que estar preparados para la guerra. A la orden, salir arrastrándonos del sótano, con mucho cuidado porque el enemigo había minado el terreno. En el ‘área de formación’ habían echado una sustancia química, que imitaba pequeñas explosiones. Algunas hembras comenzamos a notar unos huequitos en las medias y en cada huequito, un puntito de sangre. ¡Éramos las dianas del enemigo!

Recoger o rastrojar papas en tiempo de cuaresma. Ojos, nariz y boca llenos de tierra colorá y cuatro papas en el pallet. Recoger fresa y si te cogían comiéndote una te esperaba un ‘consejo disciplinario’. Recoger naranjas y arrancar los bejucos que cubrían las matas. Aprender a manejar un tractor entre los surcos. Aprender a armar y a desarmar la AKM con el profesor que tenía fama de acosador sexual gritándote en tu cara. “Eres una inútil, te sobró un muelle”.

Con la ilusión de que llegaba más rápido el viernes, prefería dormir a salir a aquella cosa que llamaban ‘recreación’. Una noche, después de la recreación, nadie respetaba la orden de dormir. Así que entre risotadas, risas y risitas nos sacaron en pijamas para el comedor, a escoger arroz casi hasta el amanecer.

Y de privacidad mejor ni hablemos, la mayoría de los baños no tenían ni puertas. Bañarme o no bañarme, duchas mugrientas, agua congelada, ranas en las esquinas. Enjambre de mosquitos picándote bajo el agua. Un día se me ocurrió llevar un invento de calentador’, hecho con dos latas metálicas y entre ellas una resistencia ellas separadas por dos pedacitos de madera, que mi padre me hizo. En el primer uso aquel calentador explotó, abriéndole un hueco a la lata de agua.

-Eres una burguesita, ¿por qué no te puedes bañar con agua fría como todo el mundo?

Y la emulación, la emulación socialista. Ceiba I, escuela de los hijitos de papá, por supuesto que siempre ganaba la emulación. Ganar la emulación significaba que nos mandarían un sancocho menos malo. La emulación era como si de repente a todos se les hubiera encarnado el espíritu ‘limpión’. Toda la madrugada cubos de agua van y vienen. La ‘jefa de limpieza’ ‘la jefa de albergue’ y la ‘jefa de escuela’ Johana Tablada, aquella hormiguita cabezona, dando gritos y órdenes y vigilando a todos.

En fin, creo que para que a alguien le gustara la escuela al campo y la beca, tenía que ser hijo del maltrato. Para mí no son más que recuerdos de violaciones de todos mis derechos y hasta el recuerdo del espanto, ante la muerte. El muchachito que detrás del albergue levantó uno de los tubos de regadío donde nos bañábamos y el tubo se pegó a un cable eléctrico. 


(Unidades Militares de Ayuda a la Producción fueron campos de trabajo forzado establecidos por el gobierno cubano en Camagüey entre 1965 y 1968. Reclutaron a unos 30,000-35,000 hombres —incluyendo homosexuales, religiosos, disidentes y "antisociales"— para reeducarlos a través de trabajo agrícola forzoso, caracterizado por abusos, torturas y condiciones inhumanas.


Ruinas de un teatro, el Vicente Mora

Cuando traspasé sus puertas choqué de bruces contra el recuerdo claro de la última vez que estuve sentada en una de sus butacas de madera veintidós años atrás. La matinée infantil de cada domingo, “El hombre de las mil voces”, las estampas tradicionales de Guanajay, películas de cuyos títulos no quisiera acordarme, pero me acuerdo, “El esqueleto de la señora Morales”, “La vida sigue igual”, “La niña de los hoyitos”. “Fantoma se desencadena” y yo aterrada sobre el hombro de mi padre. Alguna que no recuerdo y yo enamorada sobre un hombro adolescente.

Lo construyeron en 1930, como una humilde copia del Gran Teatro de la Ópera de Berna en Suiza. Fue parcialmente destruido cuando cayó Machado en el año 1933 y luego restaurado. Medio siglo después, “período especial” y cuesta abajo en su rodada. En 1988 dejó de abrir sus puertas. Lo clausuraron definitivamente con cabillas, bloques y cemento. Lo convirtieron en un almacén de papas. ¡Hay que estar pertrechados y si es necesario, atrincherarse en el majestuoso refugio! Lo despojaron de toda elegancia innecesaria. De sus cortinas rojas de terciopelo, de sus espejos, de sus pasamanos de bronce y de sus lámparas. El ciclón Charley tomó parte allí donde los vándalos no alcanzaron, el techo.

Nunca es tarde si la dicha es buena. En 2004 la edición digital de El habanero publicó palabras alentadoras: “lo escribo con optimismo, (...) y espero no equivocarme. Pues la noticia significa mucho, especialmente para los guanajayenses: el teatro Vicente Mora tiene esperanzas de salvarse (...) un grupo de arquitectos y restauradores de la ciudad de Berna, Suiza, ha unido sus fuerzas con el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM) y en conjunto con el gobierno han manifestado su intención de contribuir a rescatar la obra”. Joel Mayor.

Lamentablemente Mayor se equivocaba, mientras Eusebio Leal sólo andaba La Habana. Todavía hoy, el teatro de mi pueblo se resiste orgulloso a perder la esperanza.




Fotos hechas por mí en uno de mis viajes de regreso a Guanajay.