Cuando era una adolescente y todavía no había comenzado a carcomerme la idea de burlar “la maldita circunstancia del agua” bastaba con refugiarme entre las montañas. Allí descubrí la sabiduría del guajiro cubano. Aquel señor guardaba los secretos de la naturaleza en la palma de su mano. Su taciturno sentido del humor lo gastaba siempre contra “el maldito gobierno”, mezcla de resignación y rabia contenida. Después supe.
-El café de mis tierras, sólo puedo vendérselos a ellos.
Por eso durante la cosecha abrían un hueco en el patio, donde guardaban parte del grano, para consumo familiar y para trueques con los campesinos de la zona. Pero alguien lo chivateó.
Las pocas veces que bajó de las lomas fue para bautizar a sus hijos. En aquella ocasión lo hizo para escuchar su sentencia, diez años de cárcel. Leovigildo regresó más curtido y reacio, pero al reclinar cada tarde su taburete sobre el horcón del portal, nunca pudo olvidar.
Cuando el terror de sus recuerdos sobrepasó el de la muerte, entre el humo de un último puro puso fin a sus días.
Detalle, Guajiros, 1938 Eduardo Abela

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