W estaba parado en la esquina de los portales, eran las fiestas populares del pueblo. W era un doble de Patrick Swayze, no pertenecía, observaba. Yo tenía 18 años, y él tenía 33, eso lo supe después. W era de la Seguridad del Estado, eso también lo supe después, cuando éramos novios y él “se moría por mí” y yo “me moría por otro”. No le creí el día que me lo dijo. Le creí al día siguiente, cuando me trajo como prueba mi foto. La misma que había entregado en la Estación de Policía, dos años atrás para hacer el Carnet de Identidad, la foto extra que siempre te pedían. No le creí tampoco cuando me dijo que el cura G, trabajaba para la Seguridad del Estado.
A W lo habían captado a su regreso de la Unión Soviética, cuando todos sus amigos se quedaron, y él no. “Eres de los nuestros”. W no se quedó en España porque en Cuba lo esperaba su padre, mayor y solo.
W me regaló unos anillos de plata y de compromiso, que yo me quitaba cada mañana antes de coger la guagua que me llevaban para el preuniversitario Manolito Aguiar de Marianao. Mi hermano observaba el ritual, en silencio, entre preocupado y cómplice.
Con el tiempo, W pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, descuidando sus misiones de “seguroso”, hasta que un día vinieron a buscarlo. Aquellos tipos no llegaron solos, traían a su padre, viejito, nervioso. En uno de los bancos del parque, aquellos hombres tuvieron una larga conversación con W, mientras su padre lo esperaba en el portal de mi casa.
Cuando le dije que no quería seguir con él, W se convirtió en mi sombra. Mi padre me advertía molesto, te va a matar, con los hombres no se juega. Mi madre se encargó de devolverle los anillos y W siguió visitándola. El tiempo pasó, W despareció y yo me fui de Cuba.
La primera vez que regresé a Cuba fui a una misa en La Habana. La homilía del cura G, tan agresivamente contestataria, me hizo temer que de un momento a otro entrara la policía y cargara con él y con todos los fieles allí reunidos.
Imaginé a W observándome desde un banco de la iglesia.

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