Mi padre


Lo primero que descubrí fue su infancia, en una caja llena de medallas del Colegio de Belén. Luego algunos poemas y muchos libros de matemáticas, los vinilos de Serrat, y sus cámaras fotográficas. Fueron un montón de fotos grises las que me contaron que le había dado la vuelta al mundo. En el Canal de Panamá, al barco le faltaba un pedazo de la proa. Muchos marineros que se hacían los duros fueron los primeros en abandonar, me contó. 

De joven tuvo en sus manos la visa Waiver, pero no quiso abandonar a sus padres, a sus abuelos... y se quedó.

Crecimos y un día, valga la redundancia, le reclamamos.

-¿Por qué no te vas tú primero y nos reclamas?

-Porque el capitán del barco es el último que “abandona”.  

Y fue de su boca a los oídos de Dios porque así sucedió. Mis padres fueron los últimos en llegar a Miami. 

Peleas y gritos entre hermanos y sus formas raras de regañarnos, “en las artes marciales el grito paraliza al enemigo”. Y nuestras bromas burlonas ¡Sí mi capitán! Con la mano derecha a la sien. Y de nuevo él, “si hay algo que no soporto del cubano es el choteo constante”. ¡Cómo te entiendo hoy, padre!

Pero en aquel momento yo quería un padre que se parara en la puerta de la calle y que me chiflara; y que yo lo escuchara donde quiera que estuviera, sabiendo que eso significaba que tenía que regresar a casa, pero tú no sabías hacer eso.

Y llegaron las despedidas de los ochentas, de las que siempre regresaba llorando, como un niño, o como un hombre que llora. La vez anterior fue de rabia. Lo habían botado de la marina mercante. Se negó a negar su fe. No era de confianza. Y sobró.

Volvió a comenzar, esta vez paleando cemento. Con Capital Mixto, renombraron a René Arcay, la fábrica de cemento de Mariel. Se hizo ingeniero eléctrico. Un día quise imitarlo, y al siguiente me entristeció decepcionarlo, pero él me entendió. 

Terminó computarizado el proceso de producción del cemento y eso le permitió traer cada día a casa, en una latica, la proteína de su almuerzo para mis dos hermanos menores.

Después vino aquel engendro de la beca. Las reuniones de padres. Mi madre no podía ir siempre porque mis hermanos menores eran muy pequeños.  Yo que ni a la recreación bajaba, ¡tenía que ser combativa! ¡Ay, qué rabia me daba! 

-¿Por qué cojones no me defendiste?

-“No hay nada más horrible que una mujer mal hablada”. 


Y mi duda cobarde. Creo que es mejor ser como todos.


-Navegar en dos aguas parece fácil, pero en realidad es más difícil y peligroso. 


1994, el Mariel. Voy a buscar un bote, o mejor dicho, el bote.


- En el mar no hay embarcación segura.

-Y en esta isla menos.


Tres años después me fui de Cuba a Perú y dejé de verlo cada día, para empezar a extrañarlo cada día.


Nunca quiso ceder a la presión de alterar datos de la producción para justificar desfalcos ajenos. Y el portal de los Portales también se caía a pedazos. Yo quería un padre que supiera robar, pero tú no sabías. Y más bromas. 


-A una de las torres le van a poner tu nombre, y a uno de los silos tu apellido. 


Y el puñetazo en la mesa, y un día el stroke en la fábrica. Y luego el retiro, "peritaje médico laboral" le decían y luego Miami, y hoy un home, que te apaga, lejos.


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