Varadero

Aquel verano se nos ocurrió irnos a Varadero, “de guerrilla”. Los primeros días nos quedaríamos en Santa Elvira, el cura Ivon Bastarache (misionero canadiense) podía recibirnos, después ya veríamos. Todavía en aquel momento se podía encontrar algo de comida, helados en el coppelia y almendras al pie de los árboles, que cascábamos con una piedra en la acera.

Las otras noches dormimos en el portal de una casona abandonada y en las tumbonas de los hoteles que habían olvidado recoger de la arena. Hasta que la policía nos encontró. Un último chapuzón en la postalita y teníamos que irnos. Pero justo, como una aparición, nos encontramos con los padres de un amigo, militares con altos rangos, sobre todo él.

Cuando llegamos a la villa donde estaban hospedados nos dejaron un segundo frente a la habitación para ir a recoger las llaves que habían olvidado en el carro y al momento aparecieron dos policías. Por suerte, ellos también subieron rápido, les enseñaron sus identificaciones y los policías se fueron.

De ahí nos llevaron a un restaurante, una especie de mesa sueca. Por más que queríamos en aquellos estómagos estragados apenas cabía comida. Luego nos fuimos a la habitación y no dejamos una cerveza en el frigobar. De tanto sol y salitre mi piel estaba achicharrada y mi cabello parecía sargazo. Aquella debe haber sido la ducha fría más rica que me di en toda mi vida. Qué lujos, champú, jabón y cremas. Dormimos como reyes y al otro día regresamos con ellos a La Habana. 

Volví a Varadero alguna que otra vez, en  excursiones organizadas por la Iglesia Católica de Guanajay. Después de varias inspecciones policiales por el camino, cuando finalmente llegábamos, nos indicaban en qué parte de la playa podíamos estar.

En estos días le decía a una amiga, ve a Madeira Beach que es tan hermosa como Varadero. Y realmente es más hermosa que Varadero, porque de allí nadie te va a botar.


Vista aérea de Varadero, 1955

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