Fiestas populares

Hace dos días una persona de mi pueblo puso una foto para anunciar las “fiestas populares” de Guanajay. Que Dios me perdone, pero lo que vi en esa foto fue un ganado encerrado en un corral de madera, y no precisamente apacentando. No pongo la foto con este post por respeto a todos los amigos que tienen que seguir viviendo allí, a pesar de las “fiestas populares” y de todas las necesidades y miserias, que ninguno de ellos debería estar pasando. Sé muy bien que muchos tienen que salir a en medio de las “fiestas” a resolver la única comida que encontrarán para cada día. También por respeto a los presos políticos. 

(Según Justicia 11J y Cubalex DDHH, hay 1771 presos por libertad de expresión en Cuba. Sabrá Dios cuántos de ellos están en la cárcel de ese mismo lugar en que celebran, no sé qué).


No debí haber leído los comentarios de aquel post, casi todas expresiones de disfrute y hasta nostalgia y añoranza por las “fiestas populares”. Y a pesar de que cada día me interesa menos entender el comportamiento colectivo, no pude dejar de preguntarme, ¿cómo será posible añorar semejante barbarie? Pero la persona que ponía la foto aclaraba a algún comentarista que cuestionaba la alegría de las fiestas, “no, no están tristes, la gente tiene mucho dinero”. Entonces entendí lo poco que había que entender.


Conversando después con mi madre, intentaba recordar la edad que yo tendría (deben haber sido seis o siete años), cuando vivimos las últimas “fiestas populares” más o menos decentes todavía, aunque ya miserables. Con Estampas populares en el teatro, con algún intento de fuegos artificiales, con comparsas y desfile de los “muñecones”, aquellos personajes de cabezas grandes hechas con papier-mâché, de personas con disfraces… Y con el regreso del guanajayense ausente, en el tren que alguna vez existió y alguna que otra tradición que aún sobrevivía de lo que un día realmente fueron las fiestas populares.


Todas las que yo recuerdo son más o menos así. Vivíamos frente al parque y en la misma esquina nos plantaban una gran tarima, de donde saldría la bulla durante 24 horas, sin parar. Como apenas podíamos dormir, ni de día ni de noche, algunas veces nos teníamos que ir a la casa de la abuela materna para poder descansar y mi padre se quedaba cuidando nuestra casa. Mi madre se cansaba de ir al Poder Popular, a reclamarles, a hablarles de “contaminación sonora". Imagino que cuando ella salía por la puerta del Poder Popular, todos se burlaban de ella.


Al día siguiente de cada “fiesta popular”, si era día de agua, tocaba baldear en el portal la piscina que allí dejaban, piscina de cerveza, orina y vómitos. Si no era día de agua, había que esperar al siguiente para poder limpiar. 

El portal de mi casa tenía unas columnas de cemento que de tanto patearlas terminaron destrozadas. Y así como nunca nos vendieron un saco de cemento para arreglarlo, tampoco nos permitieron cerrarlo porque era público. Mi hermano hizo unas columnas nuevas y las reemplazó. Antes de que pudiéramos arreglar por cuenta propia el portal, del techo comenzaron a desprenderse unas baldosas, que no se rompían al llegar al suelo desde semejante altura. Si una de esas baldosas le caía encima a alguien, con total seguridad lo mataba. Mi madre siempre iba al Poder Popular y les advertía del peligro, pero tampoco les importaba. Y ella con el credo en la boca toda la semana de las “fiestas populares”, salía mil veces para advertirle a la gente del peligro. 


Trastazos y aldabonazos en la puerta durante todo el día, para pedir agua, para guardar la bicicleta; y los borrachos o jodedores para divertirse. De aquello que vendían por comida, mejor ni hablar. Solo una anécdota, un día desde el parque tiraron una frita, que rebotó cual balín en el centro del patio de mi casa, sin romperse.


No creo que las fiestas populares hayan mejorado, a no ser por un par de detalles, debe haber mucha menos gente en ellas. Y porque todos los guanajayenses ausentes (léase guanajos) ya no regresan en tren, ahora regresan en avión o mandan todo el dinero que pueden. Yo también lo haría si mi familia todavía estuviese allí.


Comentaba la persona que puso la foto, “cómo olvidarlo si aquí tienes una vida entera y tus mayores tesoros”. Pues para suerte mía, y no pasa un solo día sin que le dé gracias a Dios por esto, ya he vivido más de la mitad de mi vida en otros lugares. Y mis mayores tesoros, mis hijas, nacieron bien lejos de esa barbarie.


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