Raymundo

Doce grado lo hice en el Preuniversitario Manolito Aguiar, Marianao. Me sentaba al lado de un muchachito que se llamaba Raymundo y que tenía un acné brutal. Eso lo hizo ser un muy tímido tan tímido que parecía que se escondía siempre. Hablaba muy bajito, esquivando un poco la mirada frontal. Nos hicimos muy amigos. Siempre andábamos juntos, con el grupo de los guajiritos de “Labana campo”.

Cuando terminamos el curso Raymundo tuvo que ir al Servicio Militar, contra su voluntad. Fue el primer año que impusieron que los varones, aunque cogieran una carrera universitaria tenían que cumplir un año de servicio militar obligatorio. Solo con un certificado médico podían escapar de tener que hacerlo. Su padre era militar, pero no hizo nada para que Raymundo no tuviera que pasar ese año de Servicio Militar Obligatorio.

No volví a saber de él por un tiempo. Luego tuve noticias.

Raymundo decidió que era mejor tragarse una bala que terminar de vivir aquel infierno del Servicio Militar.

(Guardé por mucho tiempo dentro de mi Biblia una foto de carnet de identidad que me regaló cuando terminamos el Preuniversitario, pero en algún momento la extravié, su recuerdo nunca).


obra de Christian Flores Saavedra "LamentaciÓn de Cristo por Rubens".

 


Desalojo



En 1976 Teresa mi bisabuela paterna falleció y mi bisabuelo Tomás fue reclamado por una hija. Recuerdo como si fuera ayer cuando nos hicieron el inventario de la vieja casona colonial de Mariel y nos dieron, “generosamente”, 72 horas para abandonar la propiedad. Fue la primera vez en mi vida que escuché la palabra desalojo. 

Según las leyes cubanas de vivienda, ni mi abuelo ni mi padre  tenían ningún derecho sobre la propiedad familiar, adquirida por el bisabuelo alrededor de 1920. En el portón de madera pegaron un sello advirtiendo que la casa pasaba a ser propiedad del Estado. Un tiempo después fue convertida en Museo Municipal.

Regresamos a vivir a la casa de los abuelos paternos y atrás quedó la tía Felipa, Santa Teresa de Jesús, el padre Prieto, los flamboyanes del parque, la escuela primaria Turcios Lima, la dulce voz de la maestra Gladys y un bisabuelo gruñón a quien nunca volví a ver.

Veinte años después, en unos de mis viajes de regreso, caminé Mariel y su Museo Municipal. Decía Nabokov que “escudriñar la infancia es lo que más se parece a escudriñar la propia eternidad”. Parada en medio de aquel cuarto de techos y ventanas infinitas escuché la voz de mi hermano.

-Crucemos el túnel secreto.

El túnel secreto por donde atravesábamos para casa de los vecinos, ahora no era más que una pequeñísima ventana que comunicaba nuestra cocina  con el patio de ellos.

Cuando mis abuelos paternos fallecieron, mi padre, el primogénito, el hijo único, volvió a escuchar la misma advertencia. No tienes derecho sobre la propiedad. Esta vez con una ligera, pero significativa variante. A menos que pagues su valor total. Valor que ellos estimaron muy alto.

Antes de jubilarse mi padre logró terminar de pagar la casa que sus abuelos compraron alrededor de 1920 y recibió su título de propiedad otorgado por el Estado Socialista Cubano, así reza. 

Mientras tanto en el portón del Museo Municipal de Mariel han tenido que cambiar la advertencia. Peligro, cerrado por posible derrumbe.

La pañoleta roja


Por aquellos años me gustaba pintarme las uñas de rojo, a Manolito también le gustaba. La antigua Colonia Española la habían convertido en la única discoteca del pueblo. Por dentro, lunetas, luces y cortinas, todo era del mismo color de mis uñas. Allí estaba yo, en medio de tanto rojo, “adolesciendo” y armonizando divinamente. 

Cuando nos vio, gritó: 

-Manolito, ¿ella es tu novia? ¡Pero si ya eres toda una mujer!

Ya era toda la mujer que se puede ser a los 17 años. Y el recuerdo de su voz, tan inversamente proporcional a su enfermiza delgadez saltó en mi memoria

“Los alumnos que van a la Iglesia que levanten la mano. ¡De pie! ¿Así que ustedes creen en Dios? ¡Dios no existe! ¡¿Serán tontos?! Si vuelven a entrar a la iglesia les vamos a quitar la pañoleta ¡¿Entendieron?!”. Mi madre tomó cartas en el asunto con una copia de la Constitución cubana en la mano. La estación de la policía y la escuela quedaban justo en la esquina de la Iglesia. Por mucho tiempo sentí miedo cada vez que entraba a la Iglesia. 
 
La discoteca está cada vez más roja. Mis uñas disimulando nerviosas el recuerdo de aquel temblor en alto. Una lambada de los Kjarkas insistiendo “que en tu pecho no exista el rencor”. Esta noche estaré en casa mucho antes de que den las doce. Nada de broncas con mi madre. Y antes de dormir, un algodón empapado en acetona para quitar esta pintura roja de mis uñas. 

Miami, 2009 

Otra vez su voz inconfundible, transportándome esta vez treinta años atrás. 

-No lo puedo creer ¿Pero qué hace mi alumna en Sawgrass Mall? 

Me hubiera gustado devolverle la pregunta, pero preferí privarme de escuchar su respuesta. 

-Aquí, comprando zapatos. 

FOTO DE MI PRIMERA COMUNIÓN JUNTO CON MI HERMANO KRISTIAN

 

Básico, no básico y dirigido


Yo siempre quise una casa de muñecas. Era una niña y no había leído a Ibsen. Soñaba con una de esas casitas plásticas y rosadas, de dos pisos y muchas habitaciones. Habitada por familia de muñequitos plásticos.

A mi hermano y a mí, nos tocaba siempre el último día, los últimos números. Nunca encontrábamos los juguetes que queríamos. Ni siquiera un juguete bueno. Así que ese año, mi madre decidió conseguir un turno para el primer día. Una amiga tendera se lo consiguió, una mujer que tenía cuatro hijos y demasiada pobreza para pensar en juguetes.

Llegó el primer día y partimos para la ferretería. A pesar de su nuevo nombre, “La comercial”, todos en el pueblo siguieron llamándola por el nombre de su antiguo dueño, la ferretería de Luis García. Los juguetes que pedimos ya no los tenía en los estantes del interior de la tienda. Pedimos que nos dieran los que estaban de exhibición en las vidrieras, pero nos dijeron que no era posible retirarlos, hasta el próximo día. Pedimos entonces que nos los guardaran, pero tampoco era posible.

Como todo en Cuba, esos juguetes ya tenían nombres y no eran los nuestros, ni con un turno para el primer día.