Doce grado lo hice en el Preuniversitario Manolito Aguiar, Marianao. Me sentaba al lado de un muchachito que se llamaba Raymundo y que tenía un acné brutal. Eso lo hizo ser un muy tímido tan tímido que parecía que se escondía siempre. Hablaba muy bajito, esquivando un poco la mirada frontal. Nos hicimos muy amigos. Siempre andábamos juntos, con el grupo de los guajiritos de “Labana campo”.
Cuando
terminamos el curso Raymundo tuvo que ir al Servicio Militar, contra su
voluntad. Fue el primer año que impusieron que los varones, aunque
cogieran una carrera universitaria tenían que cumplir un año de servicio militar obligatorio. Solo
con un certificado médico podían escapar de tener que hacerlo. Su padre era
militar, pero no hizo nada para que Raymundo no tuviera que pasar ese año de Servicio
Militar Obligatorio.
No volví a saber de él por un tiempo. Luego tuve noticias.
Raymundo
decidió que era mejor tragarse una bala que terminar de vivir aquel infierno del
Servicio Militar.
(Guardé por mucho tiempo dentro de mi Biblia una foto de carnet de identidad que me regaló cuando terminamos el Preuniversitario, pero en algún momento la extravié, su recuerdo nunca).



