Básico, no básico y dirigido


Yo siempre quise una casa de muñecas. Era una niña y no había leído a Ibsen. Soñaba con una de esas casitas plásticas y rosadas, de dos pisos y muchas habitaciones. Habitada por familia de muñequitos plásticos.

A mi hermano y a mí, nos tocaba siempre el último día, los últimos números. Nunca encontrábamos los juguetes que queríamos. Ni siquiera un juguete bueno. Así que ese año, mi madre decidió conseguir un turno para el primer día. Una amiga tendera se lo consiguió, una mujer que tenía cuatro hijos y demasiada pobreza para pensar en juguetes.

Llegó el primer día y partimos para la ferretería. A pesar de su nuevo nombre, “La comercial”, todos en el pueblo siguieron llamándola por el nombre de su antiguo dueño, la ferretería de Luis García. Los juguetes que pedimos ya no los tenía en los estantes del interior de la tienda. Pedimos que nos dieran los que estaban de exhibición en las vidrieras, pero nos dijeron que no era posible retirarlos, hasta el próximo día. Pedimos entonces que nos los guardaran, pero tampoco era posible.

Como todo en Cuba, esos juguetes ya tenían nombres y no eran los nuestros, ni con un turno para el primer día. 

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