La pañoleta roja


Por aquellos años me gustaba pintarme las uñas de rojo, a Manolito también le gustaba. La antigua Colonia Española la habían convertido en la única discoteca del pueblo. Por dentro, lunetas, luces y cortinas, todo era del mismo color de mis uñas. Allí estaba yo, en medio de tanto rojo, “adolesciendo” y armonizando divinamente. 

Cuando nos vio, gritó: 

-Manolito, ¿ella es tu novia? ¡Pero si ya eres toda una mujer!

Ya era toda la mujer que se puede ser a los 17 años. Y el recuerdo de su voz, tan inversamente proporcional a su enfermiza delgadez saltó en mi memoria

“Los alumnos que van a la Iglesia que levanten la mano. ¡De pie! ¿Así que ustedes creen en Dios? ¡Dios no existe! ¡¿Serán tontos?! Si vuelven a entrar a la iglesia les vamos a quitar la pañoleta ¡¿Entendieron?!”. Mi madre tomó cartas en el asunto con una copia de la Constitución cubana en la mano. La estación de la policía y la escuela quedaban justo en la esquina de la Iglesia. Por mucho tiempo sentí miedo cada vez que entraba a la Iglesia. 
 
La discoteca está cada vez más roja. Mis uñas disimulando nerviosas el recuerdo de aquel temblor en alto. Una lambada de los Kjarkas insistiendo “que en tu pecho no exista el rencor”. Esta noche estaré en casa mucho antes de que den las doce. Nada de broncas con mi madre. Y antes de dormir, un algodón empapado en acetona para quitar esta pintura roja de mis uñas. 

Miami, 2009 

Otra vez su voz inconfundible, transportándome esta vez treinta años atrás. 

-No lo puedo creer ¿Pero qué hace mi alumna en Sawgrass Mall? 

Me hubiera gustado devolverle la pregunta, pero preferí privarme de escuchar su respuesta. 

-Aquí, comprando zapatos. 

FOTO DE MI PRIMERA COMUNIÓN JUNTO CON MI HERMANO KRISTIAN

 

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