Las UMAP fueron como una escuela al campo, dice Mariela Castro.
Esta vez, la Castro tiene razón. Para mí tener que ir a la escuela al campo para poder graduarme de secundaria y al campo para poder graduarme de preuniversitario fue como la UMAP.
Mi padre, que sabía lo que esa beca significaba para mí, me decía siempre con mucha rabia, “preferiría mil veces haber tenido la opción de poder pagar por la enseñanza de ustedes, pero ni esa opción me dejaron”.
El albergue de la escuela al campo era una nave inmensa con piso de cemento y tierra y techos de planchas prefabricadas. Dormíamos en literas de metal, en unas colchonetas churrosas, donde la sarna estaba a la orden del día. El día comenzaba con ‘el de pie’, el más amoroso era con una lata y un palo, pero había otros peores. El profesor acelerando su “bergobina" por el medio del albergue. El ‘vida interna’, palo en mano arrancándonos los mosquiteros de las pocas afortunadas que los teníamos.
Me tocó hacer décimo grado en una beca de guapos. Guapos con “botines de charol” y pantalones con filos, como el de las navajas que llevaban en sus bolsillos. ‘El macho’ tenía un ojo de vidrio y manchas verdes por toda la cara. Después supe que en un año anterior, durante un acto político en ‘la plataforma’ de la escuela, al macho le había explotado un simulacro de explosivo en la palma de la mano.
Teníamos que estar preparados para la guerra. A la orden, salir arrastrándonos del sótano, con mucho cuidado porque el enemigo había minado el terreno. En el ‘área de formación’ habían echado una sustancia química, que imitaba pequeñas explosiones. Algunas hembras comenzamos a notar unos huequitos en las medias y en cada huequito, un puntito de sangre. ¡Éramos las dianas del enemigo!
Recoger o rastrojar papas en tiempo de cuaresma. Ojos, nariz y boca llenos de tierra colorá y cuatro papas en el pallet. Recoger fresa y si te cogían comiéndote una te esperaba un ‘consejo disciplinario’. Recoger naranjas y arrancar los bejucos que cubrían las matas. Aprender a manejar un tractor entre los surcos. Aprender a armar y a desarmar la AKM con el profesor que tenía fama de acosador sexual gritándote en tu cara. “Eres una inútil, te sobró un muelle”.
Con la ilusión de que llegaba más rápido el viernes, prefería dormir a salir a aquella cosa que llamaban ‘recreación’. Una noche, después de la recreación, nadie respetaba la orden de dormir. Así que entre risotadas, risas y risitas nos sacaron en pijamas para el comedor, a escoger arroz casi hasta el amanecer.
Y de privacidad mejor ni hablemos, la mayoría de los baños no tenían ni puertas. Bañarme o no bañarme, duchas mugrientas, agua congelada, ranas en las esquinas. Enjambre de mosquitos picándote bajo el agua. Un día se me ocurrió llevar un invento de ‘calentador’, hecho con dos latas metálicas y entre ellas una resistencia ellas separadas por dos pedacitos de madera, que mi padre me hizo. En el primer uso aquel calentador explotó, abriéndole un hueco a la lata de agua.
-Eres una burguesita, ¿por qué no te puedes bañar con agua fría como todo el mundo?
Y la emulación, la emulación socialista. Ceiba I, escuela de los hijitos de papá, por supuesto que siempre ganaba la emulación. Ganar la emulación significaba que nos mandarían un sancocho menos malo. La emulación era como si de repente a todos se les hubiera encarnado el espíritu ‘limpión’. Toda la madrugada cubos de agua van y vienen. La ‘jefa de limpieza’ ‘la jefa de albergue’ y la ‘jefa de escuela’ Johana Tablada, aquella hormiguita cabezona, dando gritos y órdenes y vigilando a todos.
En fin, creo que para que a alguien le gustara la escuela al campo y la beca, tenía que ser hijo del maltrato. Para mí no son más que recuerdos de violaciones de todos mis derechos y hasta el recuerdo del espanto, ante la muerte. El muchachito que detrás del albergue levantó uno de los tubos de regadío donde nos bañábamos y el tubo se pegó a un cable eléctrico.
(Unidades Militares de Ayuda a la Producción fueron campos de trabajo forzado establecidos por el gobierno cubano en Camagüey entre 1965 y 1968. Reclutaron a unos 30,000-35,000 hombres —incluyendo homosexuales, religiosos, disidentes y "antisociales"— para reeducarlos a través de trabajo agrícola forzoso, caracterizado por abusos, torturas y condiciones inhumanas.


