Unos dólares, 1992



A mi hermano Kristian le gustaba hacer tallas, pero siempre era difícil conseguir la madera. Cuando en nuestro pueblo cambiaron las antiguas traviesas de la línea del tren por traviesas de hormigón, consiguió algunos pedazos de esa madera. La quiebra hacha, de color rojo vino, lo suficientemente dura para mantener unidos los rieles, soportando el paso del peso y del tiempo. Una madera ideal para tallar.

Algunas de las tallas que hizo logramos venderlas por unos cuantos dólares a un francés, novio de una socia de aquellos tiempos. Con ella, que tenía la nacionalidad peruana, además de la cubana, pudimos ir a la tienda del Riviera, para comprarnos unos cuantos trapos. 

Cuando entramos por la puerta de la tienda ya teníamos a la policía como una sombra, delante y detrás de nosotros. Antes de que saliéramos de la tienda comenzaron a interrogarnos. Por supuesto no aceptaron nuestra respuesta. Nos montaron en la patrulla y nos llevaron para la estación. Durante todo el día trataron de hacernos confesar que los dólares eran nuestros, que no eran de “la extranjera”. Es decir, que ella estaba haciendo el favor, por su condición privilegiada, a los miserables cubanos que no podíamos tener dólares ni comprar en esa tienda.

Aterrada ante la posibilidad que la socia aflojara, solo atinaba a repetirle lo mismo, el dinero es tuyo, el dinero es tuyo. Por suerte la socia logró localizar a su abuela, quién tenía sus contactos, por un lado con la jerarquía eclesiástica y por el otro con el poder. Y que, gracias al cielo, se encontraba en Cuba en ese momento. Se apareció la señora con su acompañante, el superior de los padres dominicos y supuestamente, su amante. Los dos pasaron a una oficina a hablar con los policías. No tardaron en salir y tras ellos nosotros, como el perro que tumbó la lata.

Una vez en la calle, nos dimos cuenta que no nos habían devuelto los carnets de identidad y por supuesto, mucho menos la ropa que habíamos comprado. Que no nos devolvieran la ropa era doloroso, pero que no nos devolvieran los carnets de identidad era peligroso. 

La abuela de la socia y su amante volvieron a entrar y salieron, está vez no tan rápido, pero felizmente con los carnets y la bolsa de ropas. 


Detalle de la Obra de Jorge Luis Marrero, Síndrome de Estocolmo"

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