En 1976 Teresa mi bisabuela paterna falleció y mi bisabuelo Tomás fue reclamado por una hija. Recuerdo como si fuera ayer cuando nos hicieron el inventario de la vieja casona colonial de Mariel y nos dieron, “generosamente”, 72 horas para abandonar la propiedad. Fue la primera vez en mi vida que escuché la palabra desalojo.
Según las leyes cubanas de vivienda, ni mi abuelo ni mi padre tenían ningún derecho sobre la propiedad familiar, adquirida por el bisabuelo alrededor de 1920. En el portón de madera pegaron un sello advirtiendo que la casa pasaba a ser propiedad del Estado. Un tiempo después fue convertida en Museo Municipal.
Regresamos
a vivir a la casa de los abuelos paternos y atrás quedó la tía Felipa, Santa
Teresa de Jesús, el padre Prieto, los flamboyanes del parque, la escuela
primaria Turcios Lima, la dulce voz de la maestra Gladys y un bisabuelo gruñón
a quien nunca volví a ver.
Veinte
años después, en unos de mis viajes de regreso, caminé Mariel y su Museo
Municipal. Decía Nabokov que “escudriñar la infancia es lo que más se parece a
escudriñar la propia eternidad”. Parada en medio de aquel cuarto de techos y
ventanas infinitas escuché la voz de mi hermano.
-Crucemos
el túnel secreto.
El
túnel secreto por donde atravesábamos para casa de los vecinos, ahora no era más que
una pequeñísima ventana que comunicaba nuestra cocina con el patio de ellos.
Cuando
mis abuelos paternos fallecieron, mi padre, el primogénito, el hijo único,
volvió a escuchar la misma advertencia. No tienes derecho sobre la propiedad.
Esta vez con una ligera, pero significativa variante. A menos que pagues su
valor total. Valor que ellos estimaron muy alto.
Antes de jubilarse mi padre logró terminar de pagar la casa que sus abuelos compraron alrededor de 1920 y recibió su título de propiedad otorgado por el Estado Socialista Cubano, así reza.
Mientras tanto en el portón del Museo
Municipal de Mariel han tenido que cambiar la advertencia. Peligro, cerrado por
posible derrumbe.

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