Yo descubrí a Celia Cruz en Lima

Me fui de Cuba en 1997. En una de las primeras correspondencias familiares, mi padre me enviaba un CD de Lecuona, “para mi hija, con amor”. Lamento no conservarlo. Desapareció en uno de esos naufragios que tocan vivir. Pero conservo el mensaje, y de consuelo las palabras sabias de mi madre, “la vida es ir dejando”. Si lo sabremos los cubanos.

Fue en Lima, a 3950 kilómetros de Cuba, que descubrí a Celia Cruz. Los peruanos la adoraban y la conocían, como no la conocía yo siendo cubana. Porque después de su salida hacia México en 1960 con la Sonora Matancera, a Celia se le impidió regresar, ni siquiera para enterrar a su madre. Celia regresó a Cuba en una sola ocasión, invitada por el Congreso de los Estados Unidos, para cantar en la Base Naval de Guantánamo en 1990. Uno de los momentos más emotivos de la visita de Celia a la Base Naval de Guantánamo fue documentado por el fotorreportero de El Nuevo Herald Carlos Manuel Guerrero, Guerrerito, a quien tuve la suerte de conocer veinte años después en Miami. Debe ser la foto más estremecedora que le hicieron a Celia. La estrella solitaria recoge un poco de tierra cubana del otro lado de la cerca.

Trece años después, la Reina Rumba se llevó un puñado de tierra en su féretro.

En julio de 2001, dos años antes de su muerte, se presentó en el Festival de Jazz de Montreux, en Suiza, acompañada por la orquesta del pianista peruano César Correa y el violinista cubano integrante de la Fania All Stars, Alfredo de la Fe. Los peruanos recuerdan con orgullo ese concierto. Además de todas sus presentaciones anteriores en la tierra andina, en esa ocasión Celia improvisó con los versos de Augusto Polo Campos, “Contigo Perú” con la misma devoción con que los peruanos bailaron y cantaron sus canciones siempre. Celia estuvo más cerca que nunca, quizás porque empezaba a despedirse de todos los que la habían querido bien.


Dos años después, el 16 de julio de 2003, el mundo entero lloraba la pérdida de Celia Cruz, mientras el diario oficial cubano Granma minimizaba la noticia en tres

líneas. Lo mismo que hizo el periódico Revolución, cuarenta años atrás, el 30 de noviembre de 1963, cuando murió Ernesto Lecuona.





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