Los apagones

Desde donde recuerdo mi infancia, ahí estaban los apagones. Alguna vez fue divertido, durante la eternidad, cuando con mi hermano y amigos del barrio corríamos y volábamos con aquella linterna que cambiaba de colores la luz y el apagón. Era una linterna antigua, metálica, de antes del triunfo de “la involución”.  

(A la primera persona que escuché nombrarla de este modo, en los años noventa, fue a mi querida Martha Carvajal, esposa de Luis Marré y madre de mi querido amigo, o hermano, Jorge Luis Marrero).

Hace unos días mi hermano Ignacio me regaló una linterna que me recordó aquel semáforo de nuestros primeros apagones.

Mi padre, en su anhelo de alumbrarnos siempre, se empeñó en arreglar el viejo Coleman, también de antes del fracaso. Creo recordar que todavía se podían encontrar las camisetas, esas bolsitas de tan especial textura. Me maravillaba ver cómo se deshacían al menor roce, convirtiéndose en polvo.

El farol carretero un día lo llevamos de “guerrilla” y entre la oscuridad o el hambre, la oscuridad. Lo cambiamos por comida a unos guajiros de aquel lugar. 

El quinqué, la luz brillante, encontrar las mechas, inventarlas. Un día mientras limpiabamos el cristal, se rompió. Pero ahí seguimos, resolviendo con la parte de abajo. 

Mi casa era de puntales infinitos, las manchas de tizne no llegaban al techo, se quedaban por las paredes. Y como era tan grande, necesitábamos dos o tres chismosas. Guardar cada mes el único tubo de pasta dental que tocaba por el núcleo familiar, o de lo que fuese aquella cosa que salía cuando apretabas el tubo. Me parece estar viéndolo, primero un líquido sucio, gris, con sabor a metal y después unos grumos blanquecinos. Pasta perla, si senor. 

Me cuenta un amigo desde Cuba, “las chismosas han evolucionado, ahora son de tubos de Voltaren”. Y que los más privilegiados tienen plantas eléctricas que compran en Revolico o que sus familias les mandan.

Mi familia también fue privilegiada, pero no tanto. Cuando llegué a Miami en el 2004, fui a uno de esos emporios del mal gusto a comprar “las recargables”. Tuve que regresar varias veces para poder empatarme con ellas porque volaban, tan pronto como las sacabas, se agotaban. 

Es que para nosotros los cubanos la demanda de la familia es sagrada.

En la ventana de mi cocina hay un quinqué miniatura, que compré en Lima, hace 25 años porque me recordó uno que tenía mi bisabuela Felipa. El quincito es verde, como la esperanza, que me resisto a perder.


                                                                                     El farol de mi casa

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